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viernes, 29 de noviembre de 2024

Algo queda de la estación de tren y de la secuoya.


Ayer, en lugar de tirar para el Paseo de la Isla, crucé el puente, hacia la antigua estación de tren, en busca del árbol que decían el más alto de Burgos, la secuoya más ferroviaria, 1862.

"Centro de ocio infantil y juvenil", desconozco las actividades que ahora tienen lugar en el viejo edificio, en el cascarón.

Yo buscaba a una chica joven, casi una estudiante, con una bolsa amarilla de deportes, Montreal 76 y una hoja de arce canadiense, que se apresuraba a coger el tren en dirección a Hendaya. 

Ni rastro, los reflejos del otoño se habían colado tras los cristales, con sus atractivos colores dorados. 

Y la secuoya, también, pobre secuoya, solo un tronco pelado, con algunos hongos adosados. Un rayo hizo estragos, hace ya mucho tiempo, y fue muriendo. 


Ya visité la de las Salesas, ahora me queda la del jardín botánico del Instituto, todavía... 

Algo queda, nada muere del todo. 

La estación, la secuoya y la chica de la bolsa amarilla. 

Ya ve, Sor Austringiliana, qué juguetón el sol y como recuerdo a Antonio Machado, en "El tren":

Yo, para todo viaje
—siempre sobre la madera
de mi vagón de tercera—,
voy ligero de equipaje.
Si es de noche, porque no
acostumbro a dormir yo,
y de día, por mirar
los arbolitos pasar,
yo nunca duermo en el tren,
y, sin embargo, voy bien.
...

María Ángeles Merino







jueves, 28 de noviembre de 2024

Secuoya "de sombra y sueño".



 La secuoya centenaria de las Salesas resiste, inclinada y un tanto seca. Dicen que es un árbol que nunca muere por sí mismo, solo por la mano del hombre o de agentes externos. 

En mi ciudad, conozco tres secuoyas "sempervirens', qué música la del latín. En el jardín del Instituto López de Mendoza, en la estación antigua del tren y junto al convento de las Salesas de la calle Barrantes. A su sombra, con un libro o cuaderno, una maleta apresurada o un juego infantil. O ahora en el paseo de jubilada. Vida, más corta que la de este árbol. 

 "Enhiesto surtidor de sombra y sueño", no tanto  como el ciprés de Silos y el fervor es aquí de monjas que no de monjes. Y no se cae. Es una secuoya, tan cupresácea como el famoso ciprés. 

Me preguntó quién sembró secuoyas americanas en esta fría ciudad.

Ya ve, Sor Austringiliana, la vida en los árboles. Como aquel cantado por el poeta Gerardo Diego. Lo traemos a la memoria. 

María Ángeles Merino