miércoles, 9 de octubre de 2019

Las confesiones de una cernidora de recuerdos.



Lector: yo soy un pequeño filósofo; yo tengo una cajita de plata de fino y oloroso tabaco, un sombrero grande de copa y un paraguas de seda con recia armadura de ballena.

No voy a contar mi vida de muchacho y de adolescencia punto por punto, tilde por tilde...

Yo no quiero ser dogmático y hierático; y para lograr que caiga sobre el papel, y el lector la reciba, una sensación ondulante, flexible, ingenua de mi vida pasada, yo tomaré entre mis recuerdos algunas notas vivaces e inconexas-como lo es la realidad-, y con ellas saldré del grave aprieto en que me han colocado mis amigos, y pintaré mejor mi carácter, que no con una seca y odiosa ringla de fechas y de títulos...

...¿Cómo iba yo a la escuela? ¿Por dónde iba? ¿Qué emociones experimentaba al entrar?

¿Cuándo jugaba yo? ¿Qué juegos eran los míos?...

(Tomado de  "Las confesiones de un pequeño filósofo", Azorín, Narrativa Austral, edición de José María Martínez Cachero, 2014.) Pinchad aquí.

Mire usted, Sor Austringiliana: 

Leo los primeros capítulos de Las confesiones de un pequeño filósofo de Azorín y siento la necesidad de hacer caer estas palabras.

Lector: yo soy una cernidora de recuerdos; tengo una bata blanca, una chalina azul de lunares y un cuello de plástico. Y, a la manera del Azorín “pequeño filósofo”, cerneré un puñadito de harina de mi vida, a través del  tamiz de la memoria.

Porque vivo esa edad en la que nos sorprenden flashes del pasado que han tomado, con el tiempo,  los matices más insospechados. Y, aunque mis palabras sean jirones, pinceladas sueltas, luces fugaces en la niebla, siento la necesidad de hacerlas caer al papel.

3 marzo 1967. Me llamo María Ángeles, tengo casi diez años y vivo en Burgos, en Paloma 29, una calle escoltada por mi catedral de piedras grises y churretosas, seguida de soportales, miradores y un guardia desesperado. Mi casa no tiene portal, entro desde la tienda de mis padres a una vivienda vieja, con  buhardilla habitada por “el hombre del saco”; pero sobra espacio para la escuela de mis muñecas.


Como cada mañana del invierno,  la muda calentita espera cerca  de la chapa. Mamá  recita “bendita sea la luz del día”, mientras me visto. Antes de salir, la bufanda con vueltas e imperdible.

Mi colegio es el Generalísimo Franco, lo inauguró el general superlativo  y cumple con la pedagogía franquista. No recuerdo sensaciones hórridas, las maestras  no exageran los castigos. Severas, distantes, encorsetadas, nos inculcan que es por nuestro bien.  Los maestros de los chicos sí son” hórridos” de verdad.  A las niñas nos llega el ruido explosivo de las bofetadas.
Voy al colegio con algunas compañeras y a veces contamos chistes. Hoy toca el de “qué le dijo el wáter a Franco”.  Nos reímos bajito.


Tomado del blog de mi querida tocaya Gelu que ya no está con nosotros.

En  el balcón del Ayuntamiento pa papapapapapá, trompetas que llaman al pueblo. Hay que esperar a mayo para los danzantes y los gigantones. Pasa don Rufino con su manteo, tan amadísimo en el Señor.

En la Calle Carnicerías, evito ver los  corderos sangrantes colgados boca abajo  Por la Diputación, pasan las ciegas del cupón, la gorda reguñona y la delgadita sumisa. Agarradas del brazo, hablan como si estuvieran solas. La una: me duele la tripa, me ha bajado el periodo. La otra: da muchas gracias a Dios. No entiendo nada.

Llegamos al semáforo: peatones pasen, peatones esperen. Coincidimos  con el matrimonio Frübeck que abre su óptica, con puntualidad germánica. Ya en la calle Vitoria, nos saluda el gato de la fachada del cine Avenida y una niña quiere contarnos la película. El Bazar Médico muestra unas enormes jeringas que ni mirarlas. Hay un guardia civil en una garita y nos preguntamos si será el padre de Pilarín, una niña que  siempre nos amenaza con chivarse a su padre guardia.  Los grises al otro lado de la calle Vitoria, no nos dan miedo…todavía. En la tienda de periódicos, leo las letras más gordas…



El río Vena baja muy sucio. Nos hemos entretenido, daos prisa.  Ya llegamos a  la fila, subimos. Felicidad me gusta porque leemos más y hacemos menos divisiones kilométricas. La señorita Marina me reñía cuando los números se me desparramaban. A esta le gusta lo que a mí  y  valora mi trabajo. ¡Felicidad! Ahora leemos Platero y yo y el burrito se bebió un cubo de agua con estrellas. Lo malo fue que, a continuación, tocaban labores con la doña Rita que me pidió el trapito y me arreó con el dedal.

¡Qué bien! En el recreo jugaremos a “dubles” con mi soga nueva: “para bailar el twist se necesita un pantalón vaquero y una blusita”.


Colegio Público Río Arlanzón de Burgos, antes Generalísimo Franco.

3 de marzo de 1967, la señorita Felicidad leía el ABC y lloraba.

“Con Azorín, muere del todo el 98”

Las niñas también.

María Ángeles Merino Moya, 8 octubre 2019.