Aquel verano escribía "El girasol que no mira al sol". Era 2012, reparaba en un girasol que llevaba la contraria, a saber su heliotropismo. Ayer todos, al unísono con sus corolas amarillas, tan formales, como los que después enloquecieran en los jarrones del famoso, y también enloquecido, pintor holandés.
Me senté, a mirar los hibiscos blanco rosados y las rosas resecas, resignadas al sol de julio, mes de fuegos, ay: "Devastacion fuera de control". Luego leo el periódico del domingo, en El País escribe Manuel Vicent que llega agosto y " No hay que pensar".
El ciprés y el cerro, tras la reja de la ventana. La maquina, clas clas, ya guardó su tesoro triguero y regó olas de paja, los pájarillos detrás, alborozados. Dicen que ahí anidan las codornices, no sé. La campana de las monjas da la una, silencio y olor cereal.
A mamá no le gustaba nada el pueblo, ni los pueblos. Ni Palacio de Benaver, ni ninguno. No comprendía mi gusto por estar aquí, ahora está dentro de mí y me entenderá.
Mira, mamá, las moras del moral, las negritas ya se pueden comer, manchan un poco, sí. Me contaba la "santera" que el árbol ya estaba cuando ella nació, ya, ya sé que esa señora no te gustaba nada.
Pasó julio, llega agosto, el doce el eclipse, tal vez ahí tras el cerro sea un buen lugar...
Uno de agosto. Imágenes de julio, las buenas. Las que vimos ayer en la televisión fueron terribles, el paso de la frontera de Ceuta, ya van cincuenta y siete ahogados. ¿Por qué?
María Ángeles Merino Moya
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