Del jardinero Robin, robinias o falsas acacias, salieron a mi encuentro, con unas ramas bajitas, bajitas, y con flores. Olía a mayo, se acababa abril.
Mis pies me llevaron ayer por la parte alta de la ciudad, tras los peregrinos coreanos y los turistas ávidos de atrapar un pedacito de mi catedral. Siempre pienso que me gustaría verla con ojos de no haberla visto nunca, un imposible. Saludo a la manera asiática, por primera vez en mi vida, sonrío, me ha salido tan natural...
"Son horas" me había recordado el corazón. Y una guerrera ninja. Los grafiteros dan en el clavo de mis pensamientos.
El arco de Fernán González rodeado de andamios, la cigüeña de mudanza andará, y, al otro lado, en la lejanía, el campo verde, alguna grúa y una alta torre como joroba espúrea, qué palabras te salen, María Ángeles.
Cerca del mastodonte que fue Seminario y de las cenizas del guerrillero empecinado, unas acacias, para mí verdaderas, me ofrecían sus flores, en unas ramas bajitas, bajitas, a mi mano.
Olía a mayo, se acababa abril.
El peregrino sabe su camino y tú también. Pasé por delante de una casa con chapiteles como de cuento.
El río Arlanzón bajaba achocolatado, alguna tormenta en el Vena, me dicen.
El suelo del carril bici estaba resbaloso, caían los ciclistas y los del monopatín. ¿Estás bien? El caído sonreía. Los jardineros encintaban, algún árbol malito que ya...
Se te acaba la batería. El río se queda sin foto.
Coges el 18, te deja en el Cid, así andas un poco más. Compras pan en el mercado y a casa, que hay que levantar a mamá.
Pasó el veintinueve y el treinta.
Olía a mayo, se acababa abril.
María Ángeles Merino Moya


























