miércoles, 14 de octubre de 2026

Cielo a borreguitos





Es Palacios de Benaver, 14 de octubre, la mañana fue de sol y  la tarde es de cielo a borreguitos que el  atardecer  pinta de fuego, rosa o  gris. El refrán, a ver el refrán, María García.








Paseo por la carretera mientras el sol se esconde, no voy muy allá, no llego a los molinos que dicen  aerogeneradores, siempre cerca pero siempre lejos. Se me haría de noche y mi pierna...

Dos corzos prudentes esperan ir al rio o fueron ya. Pasa un tractor, que la tierra requiere peinado y  minerales, los girasoles esperan cabizbajos la recogida. Pasa un ciclista, voy atenta por si pasa algun coche, doy la vuelta, los pájaros se despiden del día, la campana del convento toca, creo que a Vísperas. 

Antes de entrar en casa, junto al palomar abandonado, juega al escondite  la letra "de" de la luna mentirosa y creciente. Recojo el tendedero que dejé fuera, qué bien huele.

"Cielo aborregado, suelo mojado". 

Me dice mi sobrina, por el móvil, que para mañana han pronosticado buen tiempo soleado, que el cambio es para pasado.

Ya sabéis. "Borreguitos en el cielo, charquitos en el suelo".

Abro la puerta. No pongo la televisión, me duele ver niños que balan de lo que no conocieron y embisten como carneros. Borregos, dirías tú, mamá. 

María Ángeles Merino Moya

miércoles, 7 de octubre de 2026

Algarabía telefónica.

 


Cesó la lluvia. 

Mengua la algarabía pajarera del amanecer. 

Me dice que si los oigo.

Cantan aquí dentro. 


Rosas de octubre, las veo, las huelo.

 Y todavía no estoy. 

Estaré pronto, que las algarabías sean las de los pájaros.

Los pajarillos, mamá. 

María Ángeles Merino Moya


Fotos de Agustín Merino, en Palacios de Benaver (Burgos).


viernes, 25 de septiembre de 2026

Versiones de un atardecer.



 Tres versiones del mismo atardecer de 24 de septiembre de 2026, en mi rincón de Palacios de Benaver (Burgos). Se veía un poco fantasmal, sin embargo la tarde había sido luminosa, como de verano. Y en buena compañía. Mi hermano la  pasa por el " filtro" y yo por la denostada IA. Yo sé cómo se puso el sol, salí un momento a atraparlo. Ilusa. Y la peor fotógrafa del mundo. Eso sí, hago fotos malas y a mí me gustan.

La de la IA es la de los colores "moscatel", como diría Manuel Vicent, en mi memoria la más real. ¡Cielos! 

Escribí "fantasmal". No se sienta ofendida, Sor Austringiliana, mi querida ente de ficción, fantasma de mi imaginación, sí. 

María Ángeles Merino Moya

miércoles, 23 de septiembre de 2026

La flor del camino. ¿Qué le diera yo al otoño?





Platero y yo: 50 – La flor del camino.







Leo en mi viejo libro escolar y vuelvo a ser una alumna de la señorita Felicidad. Leo y pasan delante de mi pupitre " tropeles" y lo busco en el diccionario: abundancia y multitud de personas o cosas..

Flores del camino: amarillas, malvas o blancas, tiernas y débiles, pero siempre enhiestas. Por mi paseo de la ciudad, la Quinta o la Isla, los "tropeles" son otros, ni toros, ni cabras ni potros sino jubilados en grupo y en soledad, parlanchines o silenciosos, peregrinos de "buen camino", algún "atleta" aficionadillo y muchas sillas de ruedas empujadas por mujeres de probada paciencia. 


Las flores ahí, a un lado, sin vallados, a la espera del agua de la nube, la abeja, la mariposa...¿Por qué se levanta el pajarillo? Del animal de cuatro patas nada bueno puede esperar. Pisamos y rara vez miramos. Tropeles.


¿Tropeles? Por el campo, en la carretera a Palacios de Benaver, ayer, solo vi al águila y al aguilucho que  siempre se niegan a salir en mi fotografía. Ni un humano,  Vuelan guardando las distancias, alguna vez oigo su ruidito; los ratoncillos y conejos andarán bien escondidos, las flores pueden servir de escondite, junto al campo casi desnudo. Se salvaron de los herbicidas, escoltaron los cultivos y la carretera. El trigo cayó en el rulo de la cosechadora y espera el girasol. Tal vez pasen corzos, jabalíes, zorros, a beber al Ruyales...¿Tropeles? 


La flor del camino de Juan Ramón es una flor literaria, vive un día de primavera y, sin embargo, es eterna. Y el poeta le hace preguntas.


 
La niña María Ángeles se queda pensativa. Platero y yo no es un libro para niños, aunque se leyera en las escuelas. 

¿Qué le diera yo al otoño? 



María Ángeles Merino



Juan Ramon Jiménez, Platero y yo. Elegía andaluza. (1907-1916). Editorial Losada, Buenos Aires, 1939. Con ilustraciones de Atilio Rossi. Lecturas selectas escolares. 24 edición, 1965.



martes, 22 de septiembre de 2026

Me acerqué a la fuente.



Me acerqué a la fuente donde solia escuchar al rumor del agua ejecutar su canto.

Estaba seca.

Pero yo seguia escuchando su melodia.

Ya mis manos introducidas en su vientre seco y yermo.

Al salir mojadas, no lo llame milagro, solo eran mis lágrimas.

La fuente seca, ayer la de los siete mágicos caños.

El sortilegio de un agua que de ti bebía, dando alas a tu boca y sed de palabras a la garganta.

Y hoy solo espera la lluvia de mis cerrados ojos.

Secas ya mis cuenca, bajo un acerrojado cielo y una lluvia que no ha de llegar ni hoy ni mañana.

Los siete caños de los 7 sueños.

En 7 sueños todo lo que ves y todo lo que ves fue creado.

La vieja leyenda de acudir 7 días y beber cada uno de uno de sus caños, con los ojos vendados.

No has de errar el camino a cada uno de ellos.

El de la vida, el del amor, la suerte, el deseo, la belleza, la salud y el destino.

Si dejas el del destino el último, este será el olvido.

Pues tú destino es el de no tener pasado.

Continúa su sonido aún desde el triste metal solitario y oscuro.

Han de cesar los sueños, pero nunca el deseo de que como lluvia, lleguen de nuevo.

Agustín Merino

Me asomé de nuevo al mar, en Suances.

 


Fotos de Agustín Merino

Ayer, me asomé de nuevo al mar, una breve escapada de las que, de vez en cuando, nos permitimos los burgaleses: al Cantábrico, en Suances, Portus Blendium, nuestro "Espolón" en traje de baño. Y no perdonamos los sobaos ni el plato de "rabas" que nosotros insistimos en llamar calamares fritos o a la romana.



Lunes, septiembre, con sol y una temperatura de veintipocos grados, a la orilla del mar azul y azul turquesa, con arena fina, sin piedras, el paraíso de paseantes meseteños. 

La playa de la Concha y a un lado tenéis la Playa de los Locos, esa última la dejo para otro día, aunque me la aconseja siempre una amiga, con su castillo de mentiras y el homenaje a quien la llevó a la literatura. 

Al agua voy, bueno, agua muy poca, la que de vez en cuando sorprende a mis pies desprevenidos. No nado nada aunque sí traje traje. Pocos bañistas de meterse dentro, solo los surferos con su coraza de neopreno. 

En la arena, busco las huellas de las gaviotas, las que poétizó un adolescente Neruda y yo busqué hace años en la playa del Saladillo de Estepona, cuando leía aquellos Veinte poemas de amor y una cancion desesperada. Quería entrar y buscaba la llave, no soy buena lectora de poesía. 

"Para que tú me oigas

mis palabras

se adelgazan a veces

como las huellas de las gaviotas en las playas..."

De vez en cuando, como a una niña, me llama la atención el brillo del nácar de alguna concha y sonrío recordando la greguería de Ramón Gómez de la Serna: "Las conchas de la playa son los restos de los arroces que se come Neptuno.". Buenas paellas debe trasegar el del tridente, pardiez. 

¡Qué a gusto me siento! Se lo cuento a mi sobrina y a una amiga, ay el móvil. Después vuela el pensamiento sobre las olas. 

Una mujer desconocida me pregunta si me llamo Begoña, un señor desconocido me pregunta si sale de aquí un ferry para Inglaterra, no creo, en un puerto tan chico. El desconocido va vestido muy formal, con traje oscuro, y nos cuenta que aquí echó las cenizas de su madre, el buen hombre tenía que contárselo a alguien.

Muchos jubilados, incluso pasean al perrito. Ya ves mamá, recuerdo lo que me contabas de cuando eras pequeña y vivías en Torre del Mar, donde nació el tío Diego, y todos los días protestabas: "eche, no e baño". Te había recetado baños de mar un médico moderno: nada de ayuno, comer bien, al agua y al sol. 

Comemos allí cerca, mi hermano y yo. No pueden faltar las "rabas" ni la tarta de queso. Llevamos sobaos para los de casa, lo típico, al coche. Otro día, que no se nos olvide el tarrito de anchoas. En el viaje hace calor, más que en Suances, por Aguilar de Campoo, cuántas oes, nos hacen dar un rodeo por obras. Ha merecido la pena la escapada.


"El mar, el mar y no pensar en nada". No sé de dónde me sale eso, lo busco en Google. 

Vaya, es de Manuel Machado, muy buen poema pero pesimista.

"Era un suspiro lánguido y sonoro
la voz del mar aquella tarde..."

Buenos pensamientos, sí, adelante.

María Ángeles Merino Moya

https://aranitacampena.blogspot.com/2014/01/las-palabras-de-amor-se-adelgazan-como.html?m=1

https://www.poemas-del-alma.com/manuel-machado-ocaso.htm

domingo, 20 de septiembre de 2026

"El otoño llega para salvarnos con los delicados matices de su luz de moscatel..."

 "Otoño al rescate" (Manuel Vicent, 20 de septiembre de 2026)

En su columna del domingo, Manuel Vicent toma su atinada paleta de palabras y nos anuncia la llegada del "Otoño al rescate". 

"...El otoño llega para salvarnos con los delicados matices de su luz de moscatel; los amarillos, rojos, morados, violetas que llenan el paisaje son los mismos que se pisaron en la paleta de Klimt, de Van Gogh, de Monet, de Renoir cuyos colores se instalan como uno de sus cuadros en la ventana. Y sin darte cuenta ya es de noche y oyes la lluvia fina, persistente en los cristales, que dará paso a una mañanita de niebla dorada por un sol muy amable. Bandadas de garzas cruzan el cielo hacia el sur y en los valles suena la berrea de los ciervos."

¡Yo quiero un otoño así, Manuel Vicent! "Después de los violentos aguaceros" de este verano que se va. ¡Qué venga a nuestro rescate!

Huele a otoño, mamá. Pronto, la "luz de moscatel" en nuestra ventana y en el campo. 

María Ángeles Merino Moya