En Burgos, pasado el Arco de Santa Maria.
El reloj de Ignacio Palacios, allá arriba, por la Merced, señala una hora quimérica, hace muchos, muchos años. Date prisa le decía a la chavalilla de falda gris o pantalón de pana, llegas tarde. Era cuando el río bajaba, sin bosque de ribera, ni patos azulones, hacia el "insti".
Ahora ve a tu paso, a ver cuántos pasos marca ese artilugio, tan raro, que llevas en la muñeca. Qué mujer tan extraña y qué iguales esos críos de la mochila enorme y la ropa negra, con su flequillo en punta, tan desafiante, literal.
El Arlanzón sigue su camino, muy enfadado en este febrero, más que loco, de agua y viento. Mira que brío y cuánta espuma, como anega los arbolillos, junto al azud del puente Bessón.
Sigue adelante, que ya no hay clase, ni la das ni te la dan, hacia el paseo de cada día, con árboles en cinta. Ayer se podía pasear, hoy no sé qué viento soplará.
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Por el móvil, una amiga me dice que qué nos pasa, que chocamos y explotamos unos con otros, por tonterías a veces, en tonta espuma, bipolarizados o multipolarizados, a saber.
Y el mundo, con un loco a cada lado y nosotros aquí, que si son galgos o si son podencos, nos cazarán, me temo, como en el cuento que me contaba mi padre.
Por la tarde tomo un café, en lo que era antes el Pinedo del Espolón, ahora restaurado, con mi hermano y mi sobrina. Busco la máquina del "Tetris", ahora han puesto un cuadro de Ignacio del Río, estallante de color. Busco monedas de veinticinco pesetas, solo tengo euros, para mi niña Paola. ¿ Qué cosas dices, tita?
El niño del estanque sigue con su oca y su agua eterna, mira hacia la puesta de sol. En el Espolón ya no juegan los niños.
Ya veis, un día de febrero de 2026.
María Ángeles Merino Moya
https://dle.rae.es/azud
https://www.poesi.as/ti002.htm





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